Ítaca

La Odisea cuenta la historia de un isleño, Ulises, que deja su patria para librar una guerra en la que no tiene un interés particular. Esta guerra lo mantiene alejado de Ítaca, su hogar, durante diez años; diez años a los que se sumarán otros diez, plagados de experiencias placenteras y situaciones difíciles, pero atravesadas siempre por el deseo incombustible de avistar de nuevo las costas de la isla, que así describe: “Vivo en Ítaca, donde hay una alta montaña llamada Nérito, cubierta de bosques; no muy lejos, hay numerosas islas muy próximas unas a otras: Duliquio, Same y la boscosa isla de Zacinto. Se extiende plana en el horizonte hacia poniente, mientras las otras dan a levante. Es una isla abrupta, pero cría hombres valientes, y mis ojos no han visto otra a la que prefieran”. No creo que Homero, a pesar de su espíritu viajero, llegara a conocer la isla de La Palma; de lo que sí estoy segura es de que por las venas de los palmeros corre algo de la sangre de Ulises. El rey de Ítaca tuvo que enfrentarse a la ira del dios Poseidón, al que había airado sin posibilidad de redimirse. Por su afrenta, fue castigado con naufragios, gigantes devoradores de hombres y hasta monstruos de seis cabezas; pero el isleño, tozudo y orgulloso, jamás desistió en el empeño de regresar a la isla, su isla. El deseo de Ulises era tan grande que acabó por imponerse a la voluntad caprichosa de un dios.

No sé a quién habremos ofendido en el Olimpo para el surgimiento de ómicron y el advenimiento de la sexta ola; ni tampoco para que nuestra isla, abrupta como Ítaca y exuberante como ella sola, haya tenido que padecer durante meses el asedio inmerecido de lava, ceniza y tristeza. Sin embargo, tengo la certeza irreductible de sabernos oriundos de una isla cuyo símbolo vegetal es el pino canario, un pino más fuerte que otros pinos, que se vuelve del color de la plata cuando se hace viejo. Su corteza, que cubre el tronco, no deja pasar el fuego; y, aunque a veces parezca dormido, posee una capacidad de recuperación asombrosa, como el ave fénix.

Al año entrante solo le pido que jamás nos dejemos derrotar por cíclopes ni lestrigones; que, con la copa llena y la gente a la que queremos bien cerca, brindemos por todos los lugares que ya no están, pero que vivirán por siempre en nuestra memoria; que conservemos la valentía irreverente de desafiar la voluntad de los dioses y, sobre todo, que, como a Ulises, nada consiga arrebatarnos el deseo atávico de regresar por siempre a La Palma, la isla bonita que cría hombres valientes. 

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