Salamanca sí presta

Por alguna razón, mis veranos siempre han tenido cierto regusto a conclusión, a mudanza. Así, la circunstancia casual de cumplir años en otoño ha dado pie a que, durante un tiempo considerable, la celebración de dar una vuelta más al sol me haya pillado casi siempre lejos de casa. Auspiciado por mi tendencia involuntaria al nomadismo, el festejo de un año más a finales de noviembre solía pillarme aún en pleno proceso de construcción de una nueva red de interacción social, que viniera a llenar el vacío que la distancia y lo anquilosado de las conversaciones por móvil y Skype no conseguían llenar. 

Salvo contadas excepciones –expresión harto generosa, porque de hecho solo existe una–, antes de decidirme a estudiar fuera de mi comunidad autónoma me había hecho a la idea de que la forja de férreas amistades no iba a ser una constante en mi vida. Con esa presunción, puse un pie por vez primera en una universidad cuyo lema rezaba: “Quod natura non dat, Salmantica non praestat”; una universidad no puede darle a nadie lo que le negó la naturaleza –imaginen dónde acabaron mis aspiraciones de madurez y propósitos de enmienda ante semejante lema–. Sin embargo, contra todo pronóstico, Salamanca no solo me legó mucho frío, clases palaciegas e incontables pinchitos de jamón en la cafetería; me brindó el descubrimiento feliz de mi capacidad para construir un concepto de amistad que, hasta entonces, había relegado al terreno de la ficción por puro instinto de supervivencia emocional.  

Carmen y Esther habían terminado alojándose en la misma residencia universitaria que yo: un edificio modesto solo para chicas, con unas vistas descaradamente privilegiadas al casco antiguo de Salamanca. La que fuera nuestra casa durante aquellos años estaba regentada por unas monjas sexagenarias que nunca llevaron hábito y que, cual herejes, organizaban en la capilla charlas sobre sexualidad a cargo del catedrático de Ginecología de la universidad; respetadísima eminencia que promulgaba la masturbación como un método eficaz frente a los dolores de la regla –aquellas mujeres eran excepcionales y no supe verlo entonces-. En aquella época, teníamos dos rituales inexcusables: pasar en vela la noche de los Oscar y ver la final de Roland Garros -el hecho afortunado de que Rafa Nadal continúe alzando la Copa de los Mosqueteros me hace sentir todavía joven, porque han pasado casi más de 15 años desde aquellos felices encuentros televisados-. Pero el fin de la vida universitaria nos alejó, trayendo consigo el quedarme dormida después de la alfombra roja frente al Dolby Theatre y hasta perderme el directo de la famosa final parisina en tierra batida. Con todo, nunca triunfó entre nosotras el imperio del olvido, y de todas las vueltas por el mundo que decidí dar desde entonces, ellas siempre aparecían en algún recodo: mucha lluvia y fish and chips en Galway, cabañas junto al lago en Minnesota, la Quinta da Regaleira en Sintra… y, sobre todo, Newbury. Aquel año conseguí trabajo como profesora de español en una escuela que parecía sacada de Downton Abbey. Una antigua abadía que había empezado a construirse en el siglo XII albergaba las instalaciones del colegio y, en el recreo, las alumnas jugaban en un jardín inmenso diseñado en el siglo XVIII por Capability Brown, padre de la jardinería paisajista en el país de Jane Austen. Completando el idilio estaba mi coqueta cabaña en el bosque, que daba a una intrincada red de preciosos senderos que recorrían la campiña inglesa, donde podías cruzarte con zorros, caballos, ovejas, conejos… Paradójicamente, tanto bucolismo acabó por transformarme en una bola de ansiedad sin límites, devoradora de chocolate Cadbury confinada por siempre en la ruralidad. 

Entonces, cuando ya comenzaba a no parecerme tan fea la opción de una muerte por intoxicación de chocolate, aparecieron ellas. Tocaron en la puerta de aquella casa que bien podía haber servido de refugio a un ermitaño, el día de mi cumpleaños, con una tarta casera. Carmen trabajaba en París, así que tuvo que cruzar el Eurotúnel con su pastel recién horneado bajo el brazo; Esther acababa de regresar de Australia, por lo que se encargó de manejar por la izquierda desde Londres hasta Newbury. Con toda certeza, mi reacción jamás estuvo a la altura de lo que sentí al verlas cruzar el umbral de mi garaje reconvertido en vivienda, pero aquella tarta supuso para mí la promesa de una vida en la que siempre habría ilusión y dulzura, la promesa de grandes alegrías, y la prueba fehaciente de que Salamanca, a veces, sí que presta. 

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