La isla del tesoro

“Había un tesoro oculto”, así comenzaba siempre la historia. Cuando era más pequeña, aquel cuento me fascinaba, no importaba cuántas veces lo repitiera. Cuatro palabras que otorgaban a Tomás -un abuelo, por lo general, tendente a la parquedad- el don de convertirse en un demiurgo con poder suficiente para conjurar la magia entera del universo en torno a la mesa de madera clara del patio, donde nos sentábamos todas las tardes a merendar. “Había un tesoro oculto”, y comenzaba la ceremonia. Me servía una porción siempre generosa de dulce de guayaba con queso, relatando la historia de aquel padre y su hijo por enésima vez; siempre intacta la emoción del descubrimiento, aunque ambos sabíamos que yo podía recitar el final palabra por palabra. A veces, detenía su narración en un momento álgido, dando un sorbo lento a su vaso de vino; frotándose con parsimonia las manos ásperas y enormes, que sonaban como el crujir de hojas secas. Mi abuelo no era un hombre particularmente expresivo, pero yo notaba cómo los ojos le sonreían cada vez que le rogaba, suplicante, que reanudara su historia: un padre y su hijo se sentaban a una mesa, una mesa de madera clara, como la nuestra. El hijo quería emprender un viaje, le habían llegado noticias sobre el paradero de un tesoro escondido. El padre intentaba disuadirlo, insistía en que aquellas historias no solían ser ciertas, que solo servían para embaucar las mentes de los más ingenuos. Por supuesto, como en toda aventura que se precie, el hijo acababa partiendo hacia tierras lejanas, ajeno a cualquier consejo y llevándose en la maleta la promesa de regresar y el convencimiento de estar desterrando por siempre la ignorancia de sus predecesores. El personaje del hijo era mi preferido, aunque nunca me quedó claro por cuál de los dos se decantaba mi abuelo. En el tiempo que duró ese verano eterno de la infancia, siempre me pareció decepcionante el desenlace del cuento; sentía que no estaba a la altura de las aventuras fantásticas que lo habían precedido. Con todo, a pesar del final más bien insípido, el relato de Tomás continuaba invicto en el podio de mis historias favoritas, aun compitiendo con Julio Verne y Robert Louis Stevenson.

No exagero si digo que, en aquella época, yo reverenciaba a Tomás. Daba igual si estaba cavando papas, desgajando una naranja o tomando café; todo lo que hacía aquel hombre me parecía extraordinario. Mi madre me había contado que, cuando ella tenía más o menos mi edad, el abuelo se había ido a trabajar a Venezuela, pero a Tomás no le gustaba demasiado hablar del tema; si alguien le preguntaba, enseguida zanjaba el asunto diciendo que no había nada como la tierra de uno; y, si le insistían, alzaba su voz de gigante y juraba en arameo contra Franco y toda su estirpe, empleando palabras que en casa de mis padres ni siquiera me permitían hacer el intento de pronunciar; tremendo espectáculo. Una noche de julio sin luna, por fuera del patio, me descubrió el nombre de las constelaciones; aquel fue mi primer y único viaje privado al espacio. Con Tomás aprendí que la resina del drago, a quien los benahoaritas otorgaban propiedades mágicas, es roja como la sangre; y que desde la montaña de la Centinela podía divisarse el arribo de piratas y la partida de exploradores. Cada año, en junio, aguardaba con impaciencia el comienzo de mis vacaciones de verano; no porque las clases me parecieran un rollo, que también; sino porque el fin del colegio implicaba el inicio de la cuenta atrás para pasar un mes entero en casa de mis abuelos de Garafía. Disfrutaba apasionadamente de hacer ramos de flores silvestres para mi abuela, del gofio de las Tricias y de los bocadillos de sardinas y cebolla que me preparaba el abuelo después de chapotear como una posesa en Juan Adalid o en el puerto de Santo Domingo. Cada tarde, llegaba a la hora de la ducha despeinada; cubierta de pelos de perro, de cabra, de gato, de vaca, daba igual; con los tobillos y las rodillas llenas de rasguños, y los tenis repletos de amores secos. Aquello era la gloria.

No recuerdo bien el día en el que empecé a volverme estúpida. Estoy segura de que Tomás se dio cuenta perfectamente, pero él, como hombre respetuoso que era, se lo guardaba para sí. Lo cierto es que, un verano cualquiera, la idea de pasar un mes entero con mis abuelos dejó de parecerme atractiva. Garafía estaba lejísimos, había que caminar demasiado para darse un baño en la playa y las cabras me parecían unos seres de lo más feo y antipático, igual que las vacas -no voy a excusarme, la adolescencia me golpeó con ganas-. La adoración que sentía por Tomás tampoco aguantó el envite hormonal, mi abuelo era un simple hombre de campo que no había conseguido hacer fortuna en Venezuela y, por su ineptitud, evitaba hablar de su empresa fallida. Yo deseaba desligarme de todo aquello; ansiaba alejarme de Garafía, de La Palma, y partir hacia tierras lejanas, llevando en la maleta el convencimiento de estar desterrando de una vez por todas la ignorancia de mis predecesores. Si en ese momento Tomás me hubiera dado un bofetón a tiempo con cualquiera de sus manos inmensas, me habría durado menos la bobería; en lugar de eso, mi abuelo me dejó partir a mis asuntos, como el hijo de su cuento, pero sin recriminación alguna por su parte. Aunque los síntomas de mi ataque agudo de pubertad fueron remitiendo con el paso natural del tiempo, me llevó más de diez años de búsqueda compulsiva entender por fin el desenlace del cuento de mi abuelo. Como Tomás, el hijo de la historia había regresado de su periplo por el mundo sin dar con el tesoro oculto; por todas partes había buscado en vano y, aunque retornaba repleto de experiencias, no conseguía quitarse el regusto amargo de la derrota por no haber acometido con éxito el propósito de su viaje. A mí me llevó más de una década darme cuenta de una realidad que me había empeñado en evitar con todas mis fuerzas: que no hay en el mundo un lugar en el que quepan más estrellas que en el cielo de Garafía cualquier noche sin luna, que solo gracias al esfuerzo denodado de manos ásperas como las de mi abuelo habían prosperado los hombres en una tierra que es tan hermosa como abrupta, que después de haberme alejado todo lo posible de esta isla atlántica y pequeña, mis ojos aún no han visto otra a la que prefieran; que estoy enamorada por siempre de La Palma.

“El tesoro estuvo todo el tiempo debajo de la mesa”, así terminaba el cuento de mi abuelo.

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