Déjà vu en Lisboa

En el Miradouro da Senhora do Monte, una de las numerosas atalayas que contemplan la ciudad de las siete colinas, podía leerse hasta hace poco una frase efímera que resumía bien la impresión que esta urbe, en la desembocadura del río Tajo, acostumbra a causar entre sus visitantes y afortunados moradores: Que amor é este que me faz ir e voltar, Lisboa?

La capital de Portugal es una ciudad que reúne en un mismo espacio esa extraña y afortunada relación entre lo acogedor y cosmopolita. No hay prisas en Olissipo, aunque la actividad económica sea intensa y su oferta cultural y de ocio infinita. Familiar y sorprendente, la ciudad es custodia de una luz difícilmente descriptible, casi mágica, que enamora sin remedio a quienes la visitan. Sentir una suerte de déjà vu con el Golden Gate de San Francisco, los tranvías de Nueva Orleans o el Corcovado de Río de Janeiro; observar la desembocadura del Tajo inmenso y caminar sobre playas color oro a orillas del Atlántico… Lisboa lo tiene todo.

Lisboa tem cheiro de flores e de mar (Amália Rodrigues).

Lisboa vive del mar, así lo cantan sus fadistas, y aunque puede que a algunos este estilo musical les resulte triste y melancólico, la verdad es que perderse por las calles de Alfama, el barrio más antiguo de Lisboa, y escuchar cómo alguien entona un fado, sea alegre o triste, pero siempre interpretado con pasión casi reverencial, resulta extraordinario. Es en Alfama donde se erige el Castelo de São Jorge, ubicado en la colina más alta del centro histórico y punto de referencia ineludible para quien se orienta por vez primera en la ciudad de las siete colinas. Las distancias que separan los diferentes puntos de interés dentro del casco histórico de Lisboa son más que salvables a vista de mapa, pero el viajero que decida ir a pie debe estar preparado para superar pendientes imposibles; las vistas envidiables de Lisboa vienen con un precio. En Alfama se encuentra también la Sé de Lisboa, la catedral de la capital, cuyas dos torres recuerdan a la fachada occidental de la parisina Notre Dame en su versión más modesta; esta ciudad es un déjà vu constante.

Una opción alternativa a ir a pie en esta zona es el Tranvía 28, que recorre los puntos más emblemáticos de la ciudad con su amarillo característico: desde Martim Moniz, en el centro, hasta el bonito barrio de Campo de Ourique, al oeste del casco histórico. Se trata de un medio de transporte empleado por los locales, por lo que el precio de un trayecto es más que razonable, no superando los 2 euros. La contrapartida de tal idealismo es que, si bien conviven en perfecta simbiosis dentro de sus cabinas señoras con pesadas bolsas de vuelta a casa y japoneses armados con objetivos telescópicos, lo normal es que la línea se encuentre asediada por turistas ansiosos, que no muestran prejuicios respecto a viajar como sardinas en lata; este pez se ha convertido, por cierto, en uno de los iconos de la capital portuguesa.

Las conservas portuguesas han pasado a venderse como un producto gourmet, contribuyendo a acabar con la idea de que son un alimento de segunda clase al que acudir cuando no queda nada en la despensa.

Mirando de frente a Alfama se alza Bairro Alto, parada obligatoria en este recorrido inaugural por Olissipo. Meca vespertina de los estudiantes Erasmus y de cualquier buen devoto de la nocturnidad, este barrio es un conjunto pintoresco de pequeñas calles empedradas, plagadas de bares, restaurantes y rincones secretos, por el que hay que avanzar sin miedo a perderse; Lisboa es una ciudad que invita a dejarse llevar. En la misma zona se encuentra el Jardim de São Pedro de Alcântara, otro punto de observación privilegiado para padecer en bonanza el síndrome de Stendhal.

Para cuando cae la noche, hay una calle color de rosa que se transforma en el ombligo del mundo. Escogida por el New York Times como una de las favoritas en toda Europa, la Rua Nova do Carvalho, en Cais do Sodré, deviene en punto de encuentro de gentes diversas con un objetivo común: divertirse. Entre muchas otras, la Rua Cor-de-rosa es la casa de la Pensão Amor, un antiguo burdel ubicado en un edificio del siglo XVIII al que solían acudir navegantes sedientos de cariño. Reconvertida en local de ocio, conserva ese espíritu de mancebía que la habitó, dotándola de una atmósfera inconfundible. Pendiente arriba, muy cerca de la retratadísima Rua da Bica de Duarte Belo, se encuentra el Miradouro de Santa Catarina, el lugar al que acudir para los que prefieran ver la puesta de sol acompañando una Sagres o Super Bock, dos de las cervezas nacionales más conocidas.

A los amantes del buen comer que tengan la suerte de dar con sus pasos en Lisboa les gustará saber que no han errado el camino. La gastronomía portuguesa es excelente, otra razón de peso para disfrutar sin mesura de la ciudad: bacalhau com natas, bife à cavalo, arroz de polvo, marisco, vino, aceites… Hay tantos lugares para comer bien en Lisboa, desde modestas casas de comida hasta restaurantes refinados, que la oferta puede resultar un tanto abrumadora; pero aquí también se ha de avanzar sin miedo: sea cual se nuestra decisión final, difícilmente nos habremos equivocado. Para los más indecisos, sin embargo, hay un nuevo punto en la ciudad que reúne en un único espacio la maravilla del universo culinario portugués: Time Out Mercado da Ribeira. Inaugurado en mayo de 2014 después de un proyecto de revitalización del antiguo mercado, alberga en su interior 30 establecimientos culinarios en los que entretenerse con gula. Eso sí, a pesar de contar con más de 700 asientos entre el interior y la terraza, encontrar una mesa libre puede ser, dependiendo del momento del día, toda una hazaña.

Aún quedan lugares por descubrir sin salir del centro de Lisboa. Un buen punto de partida y, cómo no, otro mirador urbano, es el Parque Eduardo VII, donde cada año se celebra una inmensa feria del libro. En dirección a la Baixa, inaugurando la elegante Avenida da Liberdade, donde se exhiben algunas de las tiendas más exclusivas de la capital, se levanta el monumento al Marquês de Pombal. Este noble ilustrado, que llegó a primer ministro durante el reinado de José I, jugó un papel fundamental en la reconstrucción de Lisboa después del terrible terremoto de 1755, un sismo que causó innumerables daños materiales y que dejó más de 60 000 muertos a su paso. A la buena gestión del Marquês de Pombal en la recuperación de la ciudad se debe la configuración actual del barrio de la Baixa, una de las zonas más turísticas de la capital. Aquí se encuentra la Igreja de São Domingos, uno de mis imperdibles en la urbe por su historia de infortunios y su inquietante apariencia. Como si acabara de surgir del fondo del océano, llena de cicatrices y con los colores apagados por el salitre, el aspecto de navío fantasma de esta iglesia es de veras impactante. Según la leyenda, como castigo a la masacre cometida a sus puertas contra los judíos residentes en Lisboa en 1506 -judíos que ya habían sido expulsados de España en 1492, la Inquisición dixit-, todas las reformas que han sido acometidas en el templo desde entonces han fracasado; la iglesia no se deja restaurar. La historia real sobre las causas del aspecto actual de São Domingos es mucho menos extraordinaria.Siguiendo el recorrido por la Baixa resulta inevitable desembocar en su calle más emblemática: la Rua Augusta. Aquí está prohibido el tránsito de vehículos, y su término no podía resultar mejor: atravesando el Arco Triunfal se encuentra la Praça do Comércio. Este centro neurálgico que mira al Tajo se extiende ahora, amplio e imponente, donde antes estuviera el Palacio Real de Lisboa, destruido por el terremoto de 1755. Terreiro do Paço, nombre con el que también se conoce a esta plaza, ofrece unas puestas de sol inolvidables al amparo del Ponte 25 de Abril y bajo la atenta mirada del Cristo Rei.

Torre de Belém

Ya en las afueras de Lisboa, partiendo desde Cais do Sodré y antes de que las aguas del Tajo abracen el Atlántico infinito, hay un lugar que nos invita a hacer una pausa en nuestra ruta. De oídas, Belém es conocida por sus famosos pasteles, una delicia más de la gastronomía portuguesa y la culpable de que se formen filas infinitas ante la confitería Pasteís de Belém, fundada en 1837, para probar un dulce que se disfruta con los cinco sentidos. Aunque las comparaciones sean odiosas, me acojo al déjà vu para afirmar que los pasteles de nata lisboetas superan con creces a los beignets del Café du Monde en Nueva Orleans, que ocasionan un peregrinaje culinario parecido. Cada día se elaboran más de 20.000 pasteles en las instalaciones de esta confitería lisboeta, siguiendo una receta secreta que guarda con celo su exclusividad. Sin embargo, aun siendo suficiente, no es este el único atractivo de Belém. Dechado del estilo manuelino, una reinterpretación arquitectónica portuguesa del gótico, la Torre de Belém y el Mosteiro dos Jerónimos son dos de sus exponentes más representativos. En este último se encuentra la Igreja de Santa Maria de Belém que, soberbia en su particularidad, rinde homenaje al sueño eterno de dos personalidades portuguesas inigualables: el escritor Luís de Camões, que murió pobre a pesar de ser considerado uno de los mayores poetas en lengua portuguesa -nunca se han llevado bien las humanidades y las finanzas-, y el navegante Vasco da Gama, que inauguró la ruta marítima hacia la India con apenas 20 años.

Por fin en el mar, a unos 45 minutos en tren desde Lisboa, llegamos a la villa portuguesa de Cascais. Esta localidad de apenas 30 000 habitantes es centro turístico de la clase alta portuguesa desde los años 30 -y no portuguesa, como bien habría apuntado un ofendido Aristóteles Onassis-. Es cierto que tal vez las mejores playas a las afueras de Lisboa no se encuentren en la línea hacia Cascais, pero si no disponemos de coche en nuestro recorrido las de esta zona son las más accesibles. Como contrapunto a este argumento, y sin olvidarnos de que Portugal es un país con más de 1700 kilómetros de costa, huelga decir que el nivel de exigencia de los lisboetas en cuanto a playas está a la altura de un sibarita megalómano. Aparte de una parada obligatoria en Santini para saborear un helado entre las calles de la villa imaginando Saint-Tropez, un plan fitness y bonito para realizar desde Cascais si el clima acompaña -no todo iba a ser comer- consiste en llegar en bicicleta hasta la vecina y ventosa Praia do Guincho. Para bolsillos modestos o avaros, la Cámara Municipal de Cascais cuenta con un servicio gratuito de préstamo de bicicletas: BiCas. La única garantía para conseguir una, eso sí, es llegar el primero -plan no apto para no madrugadores-.

Y al final, «que amor é este que me faz ir e voltar, Lisboa?». La respuesta no es fácil, porque hay más de mil razones por las que la ciudad atrapa. La capital europea de clima envidiable es infinita, poseedora de una rara y frágil belleza que de momento sabe resistir los embates del turismo sin renunciar a su esencia. Lisboa es acogedora, como lo son sus habitantes; enamora con sus sombras y su luz única, con su esencia honesta y natural, e invita a descubrirla sin pretensiones, como náufragos sin prisa entre sus calles. Quedan en el tintero destinos y recomendaciones, y es que resulta inútil escribir un manual sobre cómo amar, lo mejor es lanzarse. Lo único que sé con certeza es que cada vez que hago las maletas para decirle adiós a Olissipo entiendo un poco mejor qué es la saudade.

A unos 45 minutos en tren desde Lisboa se encuentra Sintra. Esta ciudad, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, acoge gran cantidad de construcciones arquitectónicas que compiten en ostentosidad y belleza. Una de las más hermosas es la Quinta da Regaleira, un palacio rodeado de frondosos jardines, lagos, grutas y rincones enigmáticos.

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