Cajón de sastre

1. m. coloq. Conjunto de cosas diversas y desordenadas.

Literatura

1. f. Arte de la expresión verbal.

Cocina de gas

Roberto y yo hacíamos una pareja de veras atractiva; lo corroboraba cada vez que descubría aquella mezcla de admiración y envidia en las miradas que nos dedicaban los transeúntes cuando andábamos cogidos de la mano. Éramos el maldito escaparate de Harrods en Navidad… Tan solo cinco meses después de nuestro primer encuentro, me descubrí enviando emails a los mejores hoteles de la ciudad, buscando dónde celebrar nuestro compromiso. Para los invitados, incluso aquellos presos de estupor ante la celeridad de nuestro enlace, encarnábamos el imaginario colectivo del amor romántico; ese ideal platónico distorsionado por el cine y la literatura con alevosía sempiterna.

Déficit de vitaminas

Llevaba años sin saber de Julián. Un día, mientras ojeaba el periódico, me llamó la atención una reseña sobre un libro que compilaba los casos más extraños de la historia de la Medicina. Solo supe de la enfermedad de beriberi, por tanto, mucho después de que nuestros caminos se separaran.

La isla del tesoro

«Había un tesoro oculto”, así comenzaba siempre la historia. Cuando era más pequeña, aquel cuento me fascinaba, no importaba cuántas veces lo repitiera. Cuatro palabras que otorgaban a Tomás -un abuelo, por lo general, tendente a la parquedad- el don de convertirse en un demiurgo con poder suficiente para conjurar la magia entera del universo en torno a la mesa de madera clara del patio, donde nos sentábamos todas las tardes a merendar. “Había un tesoro oculto”, y comenzaba la ceremonia. 

La Odisea

Martina Clemente era incapaz de encontrar la causa de su hastío vital, una obviedad que, para su entorno, venía a calmar en parte los motivos y circunstancias de su desaparición. Aparentemente, tenía una vida que podría considerarse afortunada. En busca de consuelo para sus cuitas, con frecuencia hacía recuento en público de la cantidad de datos empíricos y argumentos racionales que manejaba para soportar el peso de una vida, la suya propia, que no debería albergar espacio para la queja. Pero absolutamente nada, ni tan siquiera su desafío casual a la desproporción estadística de formar parte de ese 10% de la población mundial que no ha nacido en el lugar equivocado, conseguía librarla de su inquietud; el descontento de Martina era endógeno.

Aún no entiendo cómo no advertí antes el peligro, cómo ninguno de los dos se dio cuenta a tiempo de la similitud obscena. Había escuchado aquella historia cientos de veces. Desde que era una niña, las circunstancias en las que se habían conocido mis bisabuelos maternos se reproducían en versiones más o menos variables, más o menos fantásticas; confluyendo siempre en el mismo desenlace trágico. La relación de Ernesto y Amelia había comenzado con una carta. Para insuflar ánimo a los soldados desplazados al campo de batalla –una batalla que no reconocí como fratricida hasta muchos años después-, las jóvenes casamenteras escogían un destinatario en el frente al que dirigir sus epístolas.

La tempestad

La nana Casandra decía que el exagerado gusto del -por otra parte más que respetable- profesor Páramo por los placeres de la carne se debía a una confusión del destino y de sus ritmos, y es que el doctor había vivido, hasta hace bien poco, al revés. Había quemado hasta la combustión el salvajismo deleitable de su juventud más rabiosa entre lecturas añejas y ejercicios intelectuales, titánicos para alguien que no contara con una voluntad férrea e inamovible. Aquel hombre siempre quiso hacerlo todo, y todo quiso hacerlo bien.

Tenía que volver antes de las 14:00 h. para terminar los deberes de Mates, era la asignatura que peor se le daba. Para mis padres era una condición innegociable de domingo: ponernos al día con nuestras tareas del instituto justo después de comer, su particular guerra santa contra la siesta. A mi hermano le costaba horrores no dejarse vencer por el sueño; tanto, que a veces leía los enunciados de los ejercicios con los ojos prácticamente cerrados, en un esfuerzo titánico que le hacía parecía estrábico, y que a mí me provocaba un ataque de risa incontenible.

El bosque está ahí, esperando. Camila conoce el Colmillo Blanco de Jack London no porque haya leído la novela, sino por la película que protagonizó Ethan Hawke, al que aún hoy considera un hombre guapísimo. Colmillo Blanco cuenta la historia de un lobo domesticado que, en su nueva vida como perro, no consigue abandonar el hábito de aventurarse hasta el borde mismo que marca el comienzo del bosque, donde terminan los confines de la casa de sus nuevos dueños, a escuchar; aún conserva bien adentro el deseo pertinaz de atender la llamada de lo salvaje.

Saber a mar

Alana tenía un padre que estaba enamorado del mar. Nada extraordinario cuando uno tiene la suerte de crecer con el murmullo de las olas y la visión de la bahía de Santander, donde el Cantábrico se disfraza de mar manso y de calma chicha. Con todo, lo verdaderamente inverosímil de esta historia de amor es que siempre fue una devoción correspondida.

Tonterías

Ernesto Cabrera cerró para siempre sus ojos de mar una tarde cualquiera de finales de septiembre. Aquella mañana supo de veras que iba a morirse, así lo silbaban los alisios, y bajó presuroso a la playa a llenarse los pulmones de salitre. -Rosabel, acompáñame al mar, que esta tarde me muero -le dijo a la que era su esposa desde hacía más de cuarenta años. -¡Tonterías de viejos! -respondió ella-, y regresa pronto, que te enfrías.

XXXV Premio Félix Francisco Casanova

Mucho antes de tan siquiera intuir el arrebato apasionado del primer amor, y aún sin levantar apenas dos palmos del suelo, Felicia Varela se juraba solemnemente jamás amar a hombre alguno. La niña, que había nacido bonita y con ojos de gata, no tenía ninguna referencia memorable de los efectos balsámicos del amor. Al contrario, y según su limitada experiencia en asuntos de querencias, todo aquello que un hombre tocaba se convertía en cenizas para siempre.

Ensayo

2. m. Escrito en prosa en el cual un autor desarrolla sus ideas sobre un tema determinado con carácter y estilo personales.

Buscando el océano

Hace unos días, en El País, leía una entrevista de Manuel Jabois a Milena Busquets, hija de la escritora y editora Esther Tusquets, directora de Lumen. En general, me gusta prácticamente todo lo que escribe Jabois, que sabe analizar la inmediatez con una mirada un poco gamberra y ágil agudeza; pero es que esta vez, además, el titular ya prometía: “Es imposible escribir de la gente si no la amas”. En la entrevista, la escritora a la que no le gusta denominarse como tal, añadía: “Creo que soy mala amiga porque de mis amigos y de mis amigas yo me enamoro. La única relación que me interesa es la relación de amor. Esta gente que dice que es muy amiga de sus amigos… No me lo creo. Enamórate de ellos. Enamorarse es jugar en primera división, la amistad es jugar en segunda. […] Cuando te juegas de verdad la piel es en el amor, no en la amistad”.

El síndrome de María Antonieta

A veces me gusta ver de nuevo películas cuyo final recuerdo perfectamente, aunque el tiempo haya conseguido desdibujar detalles importantes de la trama. Hace unos días, antes de asistir a la representación de “Bárbaros” en el espacio cultural El Secadero, revisité la versión que Sofia Coppola rodó en 2006 sobre la vida de la malograda María Antonieta y, de no haber sido por esa elección casual en Netflix, probablemente nunca habría establecido una conexión entre la adaptación de la obra de José Luis Alonso de Santos y el trágico devenir de la reina consorte de Francia.

Forever England

Inglaterra tiene el encanto especial permanente de aquellos lugares que han sabido guardar con celo el legado de los años, que han querido refugiarse de los azotes del tiempo. Todavía hay rincones donde permanece la esencia concentrada de tiempos pasados, donde puedes sentarte a conversar con fantasmas de antaño y escuchar historias que no parecen tan antiguas una vez se retira de un soplo el peso de las horas. Rupert Brooke es uno de esos fantasmas, de los que nunca se van del todo porque en vida no tuvieron la oportunidad de encontrarse.

Gracias, Manolo

El 8 de septiembre de 2012 se publica en El País un artículo que incita a la réplica desde el mismo titular: «Sobre el amor entendido como imbecilidad transitoria». En él, Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona (sus vueltas le habrá dado al asunto), barrunta una miscelánea de teorías acerca del amor. A pesar de considerar dicho artículo como una mera perorata académica, le estoy agradecida a Manolo, si me permite la licencia, por haber conseguido que el Don Quijote que todos llevamos dentro se despierte y se revuelva incómodo ante la mera lectura del epígrafe: «Los enamorados ignoran la abrumadora evidencia de que su pasión es perecedera, efímera y volátil. Esta es la prueba más concluyente de que estamos ante una formidable arma de idiotización masiva». 

Ítaca

La Odisea cuenta la historia de un isleño, Ulises, que deja su patria para librar una guerra en la que no tiene un interés particular. Esta guerra lo mantiene alejado de Ítaca, su hogar, durante diez años; diez años a los que se sumarán otros diez, plagados de experiencias placenteras y situaciones difíciles, pero atravesadas siempre por el deseo incombustible de avistar de nuevo las costas de la isla, que así describe: “Vivo en Ítaca, donde hay una alta montaña llamada Nérito, cubierta de bosques; no muy lejos, hay numerosas islas muy próximas unas a otras: Duliquio, Same y la boscosa isla de Zacinto. Se extiende plana en el horizonte hacia poniente, mientras las otras dan a levante. Es una isla abrupta, pero cría hombres valientes, y mis ojos no han visto otra a la que prefieran”.

Kipukas

Me gusta llevar a la gente a la que quiero a los sitios donde he gozado comiendo porque la comida es amor; como la pizza del kiosco Minigolf en la carretera de Puerto Naos, sobre todo la que lleva piña (digan lo que digan los puristas). Y tengo un compañero de trabajo que posiblemente sea un viajero del tiempo, porque habla de la guerra del Peloponeso o de la evacuación de Dunquerque durante la II Guerra Mundial como si hubiera estado allí, lo que resulta bastante revelador acerca de su condición inmortal.

Las lágrimas de los Dakota

La historia de los Dakota está repleta de matanzas e injusticias, como la mayoría de las conquistas. El ahorcamiento de los 38 guerreros Dakota en 1862, aun constituyendo la mayor ejecución jamás realizada en la historia de los Estados Unidos, no representa sino una pequeña parte del atropello al que ha sido sometido este pueblo a lo largo de toda su historia. Un pueblo sin piernas pero que camina.

Rojo aceituna, la importancia de una cerveza

Observando la portada del último libro del escritor Ronaldo Menéndez, Rojo aceituna, el lector desprevenido puede llevarse la impresión de estar ante un ensayo sobre el impacto del comunismo en el mundo. El martillo y la hoz se cruzan, en rojo contraste, sobre el fondo verde aceituna de lo que imaginamos como el bolsillo de la camisa de un uniforme militar. El efecto se acentúa al comprobar la nacionalidad del autor, cubano emigrado desde hace más de 20 años y crítico con el proyecto comunista de la isla, de la que puede “entrar y salir mientras no critique al gobierno de Fidel Castro” (Menéndez 2014, pág. 32).

Salamanca sí presta

Por alguna razón, mis veranos siempre han tenido cierto regusto a conclusión, a mudanza. Así, la circunstancia casual de cumplir años en otoño ha dado pie a que, durante un tiempo considerable, la celebración de dar una vuelta más al sol me haya pillado casi siempre lejos de casa. Auspiciado por mi tendencia involuntaria al nomadismo, el festejo de un año más a finales de noviembre solía pillarme aún en pleno proceso de construcción de una nueva red de interacción social, que viniera a llenar el vacío que la distancia y lo anquilosado de las conversaciones por móvil y Skype no conseguían llenar. 

Un nanosegundo en el metaverso

Cuando Ulises, tras veinte años de ausencia, relató a Penélope los avatares de su odisea, le contó cómo suspiraba cada tarde ante las costas de la isla Ogigia, deseando regresar al hogar añorado. Toda la noche estuvo hablando con su esposa, tejiendo el relato magnífico de los encuentros de su tripulación perdida con sirenas, lestrigones, cíclopes y dioses encolerizados; hasta que los sorprendió el alba. No podemos otorgarle a Penélope la salvaguarda de la candidez; al regreso de su marido, ya había cumplido los cincuenta y llevaba veinte años al frente de un reino asediado por la codicia de los aspirantes a usurpar el trono. Ulises había pasado los últimos siete años de su viaje tomando ambrosía y compartiendo lecho con la ninfa Calipso, pero no fue así como describió a su mujer la última parte de su exilio.