Comerás flores

La primera vez que me subí a su coche de señor mayor sonaba un cuplé de estilo charlestón. Pensé que tenía un gusto musical curioso porque no vi escrito en la pantalla el nombre de la pieza: “El novio de la muerte”. Un oído musical entrenado me habría hecho saltar del coche en marcha con mayor presteza que la cabra de la Legión, pero siempre me ha llevado más tiempo de lo normal darme cuenta de las cosas. Mientras salía con él leí Cómo ser mujer, un manifiesto feminista escrito como libro de memorias a cargo de la periodista británica Caitlin Moran (creo que hasta le recité algunos pasajes con mi mejor voz antipatriarcado); también me hice con un ensayo de la escritora estadounidense Hadley Freeman, The time of my life, una obra en la que se argumenta cómo las películas de los 80 nos enseñaron, aunque no lo parezca, a ser feministas. Me compré un libro escrito por un profesor de la universidad de Yale, Jason Stanley, sobre los mecanismos que emplea el fascismo para llegar al poder y articular nuestras vidas, que la editorial Blackie Books publicó con el inequívoco título de Facha; y hasta redacté un trabajo de fin de máster en el que analizaba los mensajes difundidos por Vox a través de sus redes sociales durante la campaña electoral que precedió a las elecciones del 10 de noviembre de 2019. Saqué un sobresaliente, y ni así.

Hay gente avispada que capta las señales que le envía el universo y se ahorra disgustos. A mí, como a él no le dio entonces por leer Mein Kampf ni tatuarse una esvástica en la frente, me llevó un par de años darme cuenta de que estaba saliendo con un groupie de Santiago Abascal. Simpatizar con un partido de ultraderecha no convierte a alguien, de facto, en una mala persona, pero es un buen comienzo. Si después de tanto tiempo estoy mentando esta mácula en mi currículo amoroso, este cadáver que nunca debería sacar del armario (por pundonor), es por dos razones. Una, que disfruto desde hace años del amor de un novio con coleta cuya sola presencia provoca que algún familiar trasnochado se ponga a hablar inmediatamente de Franco, como queriendo sacarle todo lo rojo que lleva dentro (Cupido redimiéndose). La otra, cómo no, un libro: Comerás flores, de Lucía Solla Sobral.

La novela comienza con la muerte del padre de Marina, sumiéndola en una tristeza para la que no encuentra alivio. Marina tiene una madre, una perra, una amiga y dos hermanos; una familia que la quiere y una red que la sostiene. Le encantan Morrissey y Cristina Peri Rossi, es una mujer culta e independiente.  Pero el dolor por la muerte de su padre no encuentra alivio en el silencio con el que pretenden espantar el duelo quienes la rodean. Y entonces aparece Jaime: empresario, carismático, veinte años mayor que ella. Y comienza una historia de amor con un hombre que la ama inmenso, muchísimo; tanto, que casi acaba fagocitándola, como una boa constrictor. Me lo leí en una tarde, casi sin pestañear. A mí no se me había muerto ningún padre, pero yo podía entender a Marina porque alguna vez me costó entenderme a mí misma, porque en algún momento me ha costado entender a mis amigas, porque cómo es posible que ninguna de nosotras saliera corriendo como Forrest Gump, 1170 días y 16 horas, en dirección contraria tras la primera red flag.

En medio año, el debut literario de la autora gallega ha alcanzado 20 ediciones, más de 100 000 ejemplares en seis meses. Porque la novela está muy bien escrita, pero también porque hay muchas Marinas, tantas como Jaimes (aunque no creo que estos últimos vayan a comprarse el libro). Comerás flores cuenta una historia de una normalidad aterradora; cómo puedes acabar masticando, con el estómago encogido, todo lo que un día fue belleza; cómo algo que algunos llaman “amor” puede dejarte hibernando, congelada en un bloque de carbonita.

Pero Comerás flores también es una novela esperanzadora. Porque Marina tiene una perra, amigos, una madre, dos hermanos y una foto de su padre en la nevera. Porque cuando la intuición o la autoestima no nos alcanzan para salvarnos, se activa una red de seguridad tejida con el amor de quienes nos quieren bien, para nunca tener que saltar al vacío:

"Jaime no se fue cuando se cansó, Jaime dejó de sentarse en el banco que estaba frente a mi casa cuando Diana y sus amigos, nuestros amigos, se hartaron y comenzaron a caminar hacia él. Vio que se acercaban, se levantó y echó a correr”.

Corre, Forrest, corre.

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